Un gato llamado Libertad y Jack Kerouac

Érase una vez un gato que vivía en Pensilvania.


El gato se escapó de allí. Su familia lo buscó.


Principios de agosto.


Ahora lo han encontrado. En Nueva York.


320 kilómetros de distancia.


Gato zaino de ojos amarillos.


La familia lo ha localizado porque andaba merodeando en un centro de animales y un amante de los gatos lo lavó y buscó su chip.


Ya está con su familia.


Quizás la familia lo dejó escapar y en ese caso a los dos los han j-o-d-i-d-o bien; uno disfrutando de su libertad gamberra y otros sin tener que cambiar el arenero.


Si la familia sí lo buscaba —eso parece—, ergo el afectado es el gato.


Me le imagino feliz, cazando ratones, manchándose de barro y copulando con todo lo que se movía, como C. Tangana antes de defender la Filosofía.


En nuestro afán de tenernos controlados un chip lo quebró todo y dejó al gatito sin la fiesta de la Libertad.


Siendo humano demasiado humano, parece que el gato al acercarse a un refugio, a la estabilidad de un matrimonio que no le daba la felicidad, pero le pagaba el gasoil, se le truncó su estado propiamente animal. El de vivir en la naturaleza y dejar su simiente al mundo.


Es probable que esta Navidad, Dex, que así se llama el gato, tenga que soportar a los sobrinos de la familia, disfrazándole y grabándole para vídeos graciosos de YouTube.


Dex añorará esas noches locas, ese retozar a la luz de luna, ese festín de saltamontes y moscas con las que pasaba su día a día.


Un chip le dejó sin libertad y sin consuelo.


Puede que ahora incluso lo castren, y lo que es peor, que le cierren el patio trasero y su único consuelo sea la manta roja mientras ve una telenovela turca con sus dueños.


La noticia viene con la moraleja/moralina de cuán importante es el chip.


En ningún momento se cita la Libertad y de que Dex prefiriera hacerse 320 kilómetros antes que cambiar de rumbo para volver a casa.


Un On the road kerouaciano gatuno en toda regla.


Un viaje a ninguna parte de autodescubrimiento, que acaba en castración y rascadores de uñas de terciopelo rojo comprados en Wallapop.


Yo ya no soy joven, pero me encantan las novelas de camino, de carretera, de autodescubrimiento.


Y las películas y la música.


Es más, creo que nunca es mal momento para vivir una epifanía así.


Dex la vivió y le ha salido cara.


Hoy en día a Jack Kerouac no le hubieran dejado irse de casa de su tía sin el Iphone, una PCR recién realizada, el green pass, un geolocalizador y un chip integrado en la punta del…


Y el libro que cambió la literatura occidental, para bien o para mal, nunca se hubiera escrito.


Ahora nos conformamos con poco, y nuestro viaje de libertad se reduce a la sabiduría científica que nos dice que sentados en la terraza de un bar no tenemos peligro pero de pie sí.


Yo aún confío en la raza humanoide.


Creo que hay grandes libros aún por hacer y exprimir la vida hasta la última gota es un deseo que nunca morirá.



Pero entonces bailaban por las calles como peonzas enloquecidas, y yo vacilaba tras ellos como he estado haciendo toda mi vida mientras sigo a la gente que me interesa, porque la única gente que me interesa está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas y entonces se ve estallar una luz azul y todo el mundo suelta un ahhhh.


On the road, Jack Kerouac.



Dicho esto, te presento mi servicio de edición. Es lo más parecido a un coche que puedo dejarte para acercarte a Nueva York y no volver a Pensilvania.