Un escritor que publica conmigo me manda una poesía

Xavier Berraondo Cavallé es un escritor y guionista, que además de escribir programas de televisión infantiles, también anda con un libro a cuestas.


Ese libro lo estoy trabajando y cuando esté listo lo comentaré y recomendaré con unas palabras del autor.


Un libro muy bonito, tremendamente imaginativo, capaz de hacer pensar al público adulto y hacer volar al público infantil y juvenil.


Pero no vengo a hablar de eso.


Ya tocará.


En una reunión virtual sobre su libro, la conversación derivó en de todo un poco, como suele pasar.


Al final, tocamos la poesía.


Hablé del enorme respeto que me da ese género.


Para mí, el más complicado, complejo y bello de las artes literarias.


Algo prácticamente inaccesible, casi sagrado.


Hablo de hacer buena poesía, no de hacer ripios.


Y me dijo que también había escrito poesía y que me mandaría un poema.


Y me lo mandó.


Y me gustó.


En la postadata de este mail la pondré completa.


No soy experto en poesía, pero me invitó a la reflexión.


Reflexión que será mi mail de mañana.


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Postdata:


«Si el agua no mojara».


Si el agua no mojara
lloverían desiertos.
Caería en gotas de vacío,
de azufre, regaliz,
de aridez melancólica.
Huiríamos de ella como de un bombardeo.
Los peces perderían sus escamas
convirtiéndose en topos.
El mar terminaría repleto de túneles.
Habría que ponerles ruedas a los barcos,
agujeros para sacar los pies a las piraguas.
Chocarían las áncoras contra el absurdo
al golpear el suelo.
Se harían ricos los fabricantes de caucho,
quebrarían los de toallas.
¡No habría de qué secarse!
La humedad,
para generaciones futuras,
se convertiría en leyenda urbana.
Y los parques acuáticos,
en ruinas prehistóricas.
¡Cuántas cosas dejarían de tener sentido!
La sopa de fideos,
los cubitos de hielo en un vaso de whisky,
jugar a salpicarse en la bañera...
¡Que inútil, llorar sin dejar rastro!
Aunque tal vez las lágrimas,
convertidas en cristales minúsculos,
lucharían igualmente por salir a la superficie,
lacerando la carne en busca de tristezas.
Si el agua no mojara
no podríamos lavarnos el polvo de nuestros pasos,
tampoco la amargura.
Nos hundiríamos cada día un poco más
bajo el peso de millones de residuos:
el humo de un cigarro;
una mancha de aceite;
otra de mermelada;
el carmín de un beso;
el recuerdo de una mirada...
¡Qué distinto sería entrelazar las lenguas!
La saliva, convertida en resina,
en alquitrán, en melaza,
sería repugnante.
O no, quién sabe,
todo es probar.
Eso sí, amaríamos como reptiles,
como arañas,
como luciérnagas.
Naceríamos en crisálidas
en lugar de en líquidos amnióticos.
Tendríamos alas
en lugar de brazos y piernas.
Nos confundirían con ángeles,
con escarabajos voladores,
con esperpentos fugados de algún cuadro de El Bosco.
Si el agua no mojara,
estaríamos más cerca de la locura que nunca.
Quizás sería lo único que valdría la pena.
Eso y amarnos hasta la última gota.