¿Subsecretario territorial de la administración de aguas de Zamora?

—Pablo, ¿y tú que quieres ser de mayor?
—Yo futbolista, seño.
—Ah, muy bien. ¿Y tú, Marta?
—Pues yo quiero dedicarme a cuidar animales. Ser veterinaria. Y a la moda.
—Muy bien, Marta. ¿Y tú, Adrián?


Me quedé en blanco. Era un niño tímido y sin planes de futuro. Aún no se había desatado mi pasión por el baloncesto, aunque siempre tuve que la NBA no era lo mío, en cualquier caso.


Empecé a repasar profesiones, en mi mente infantil, que fueran «molonas».



¿Astronauta? ¿Bombero? ¿Policía? ¿Subsecretario territorial de la administración de aguas de Zamora?


—No sé, señorita. No lo tengo claro.
—¿Es que no te gusta nada? Algo tiene que gustarte.
—Me gusta cortar lombrices de tierra en dos y ver como cada parte se marcha por su lado tranquilamente. ¿Eso tiene salida laboral?


Años después, en mi búsqueda de ganarme la vida multiplicando cosa dividiendo unidades, me dio por entrar en la universidad a estudiar Filosofía.


—Pero Adrián, ¿estás seguro? Tú tienes buena memoria. Podrías aprenderte la Ley de Contratos y ser subsecretario de algo. —Me dijo un viejo profesor que me quería, pero creo que me quería mal.
—Lo importante es hacer lo que a uno le gusta, ¿no? No me veo cinco años estudiando algo que no me gusta —dije en un romanticismo cortoplacista que aún me conmueve.
—Te acordarás de esta conversación algún día.


Y aquí ando recordando. De niño sin propósitos, a joven sin proyecto a adulto sin amanecer.


Pero no es del todo cierto.


Además de Filosofía, anduve con otras cosas y soy un profesional con experiencia y con un montón de esos conocimientos que la sociedad valora como «útiles».


La existencia como una gran magdalena —ojo, «muffin» si eres molón— de cosas «inútiles» con bellos caramelitos en forma de corazón de cosas «útiles» adornando ese gran emplasto que es el yo.


Escribir no es un acto de los «útiles», siento avisarte.


Querer hacerse rico escribiendo es como pretender salir en la Isla de las tentaciones estudiando a Kant.


«Perdona, Fiama, amiga. No me puedo acostar contigo hoy. Pero no por mi novia. Sino porque Kant está a punto de llegar al momento en que explica que los juicios sintéticos a priori son universales y necesarios y por ellos es posible el pensamiento científico».


Escribir es una pulsión, una necesidad. No una forma de hacer caja. Que hay literatura de consumo rápido, sí. Pero deben darse unas determinadas circunstancias que es complicado que se den. Y, además, no es algo que debas tener en el horizonte.


Escribir es como estudiar algo que te gusta. Pura vocación. Un rascarse la panza mientras el Sol te da en la cabeza de soslayo. La alegría del que sabe que no hace nada que «merezca la pena», pero que ronronea como un gato cada día que pasa.


Escribir de verdad es eso.


Cuando termines tu libro, ya hablamos tú y yo. A ver si conseguimos hacer de ese ronroneo personal un ronroneo universal para todas las personas que te lean.


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