Sal del laberinto, si quieres

Decía David Grossman —te lo cuento de memoria— que el mundo se hace cada vez más pequeño, que se va estrechando según se restringe nuestra libertad. 

En las guerras, en tiempos de catástrofes, la libertad es mermada y el relato que se construye de lo acaecido es cada vez más simple. 

Al final, se habla de dos bandos, siempre hay dos versiones en las que todos quedan encerrados. Ambos usan prejuicios, clichés, categorías y apelativos manidos y básicos sobre los otros, sobre los enemigos. 

Ambos encierran al enemigo quedando a su vez, encerrados ellos. 

Wittgenstein, el primero, decía que los límites de su lenguaje son los de su pensamiento. 

Isomorfía. Pensamiento, mundo y lenguaje coinciden. Son espejos. 

No hay mundo más allá de lo que pienso y para pensar uso palabras, las mías, las propias, las que tengo. 

Curioso es que el Tractatus, obra en la que desarrolló este pensamiento, fue escrito en las trincheras de la I Guerra Mundial. 

Esta época en la que ahora habitamos es cada vez más estrecha. 

Los medios de comunicación, el periodismo, practica demasiado la equidistancia. 

No hay hechos. Su relato es que alguien dijo que pasó algo y otro alguien negó que sucediera. 

Relativismo absoluto, imposible saber qué es lo que pasó. 

El mundo se estrecha. 

Cada vez somos más pequeños. 

Sin paisajes, sin opciones, sin hechos. Encerrados en un laberinto íntimo y privado en el que solo nosotros podemos encontrar la llave. 

Miedo. Como un ratón que siendo perseguido termina ocultándose en un lugar oscuro y sin salida. 

Relatos y más relatos, todos pseudo, todos tan cerca de la mentira como de la verdad porque en todos, se niega la realidad. 

Algunas voces se escuchan gritando en defensa de la libertad de expresión. 

En contra de la censura que no hace sino estrechar nuestro mundo y encerrarnos a unos y otros. A todos los seres humanos. 

Algunas otras se oyen reivindicando que se fomente en las escuelas la capacidad crítica. 

Si esta no se trabaja, cada vez hay más relatos idénticos, aunque distintos. Iguales en su simpleza, en su falaz argumentación por desconocimiento de qué es tal cosa. 

El mundo se estrecha. 

La cuestión que subyace detrás y que es más importante que fomentar la capacidad crítica y el libre pensamiento es otra. 

¿Para qué sirve la libertad de expresión si no tengo nada que decir? 

Escríbeme, dime lo que tú tienes que decir. Escríbelo y lo examino con la capacidad crítica que poseo y por la que lucho cada día. 

No te encierres ni consientas que lo hagan contigo. 

Cuanto más ancho sea tu pensamiento más universo será tu mundo. 

Sal del laberinto, solo tú sabes dónde está la puerta de salida. 

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