¿Qué hacemos con Dios?

Dicen las malas lenguas que cuando no crees en algo superior que rija con sus leyes, obedeces a cualquiera.



Es imposible subyugar por completo a un pueblo cuando este considera que hay una Ley por encima de la ley positiva que marca el gobernante de turno.



Luego hay religiones que más que marcarnos los preceptos morales y éticos superiores, que también, lo que hacen es imponer un decálogo práctico de cómo uno debe comportarse en su día a día para cumplir los preceptos de dicha religión. Hasta el extremo (por ejemplo, la mano que hay que usar para limpiarse al ir al baño).



Además, te dicen que esa palabra literal es la de Dios, no de hombres de carne y hueso que buscan una Verdad.



Nacen así las teocracias.



Donde lo político obedece las leyes que han sido dictadas por Dios y no hay mucho más que hacer.



Y todo el mundo obedece.



En eso, la religión de la ley positiva que niega el derecho natural y esas religiones se parecen mucho.



La autoridad es la Ley.



Unas las hacen funcionarios A1 que no conocemos (o los de libre elección seleccionados con amiguismos varios) y otras son sacadas de un dictado que hubo en una montaña.



Otras teocracias más sutiles nos dicen que unas leyes son para determinados grupos étnicos y otras diferentes para los otros.



Cualquier totalitarismo que se precie inoculará en su población la idea de que hay que obedecer cualquier ley porque es lo más alto a lo que podemos aspirar.



Sin Dios, desobedecer una ley es no cumplir con la Autoridad.



Ejemplos dictatoriales como China, en la que no habría una rebelión de la población aunque el Gobierno se dedicara a esterilizar a millones de personas en autobuses insalubres, pues, de hecho, así pasó. O en la India.



Una sociedad donde Dios ha sido sustituido por el Estado. Y el derecho natural es derecho positivo. O donde Dios nos dice que así nacemos y así morimos, sin posibilidad de cambiar nada.



Podríamos hablar de esta Europa que nos hemos dado y levantar muchas ampollas.



Desde hace unos cuantos meses ya, las costuras se han visto para el que quiere mirar un poco. Allá que cada uno reflexione.



Ahora que los que quemaban McDonald’s y cajeros se van de compras a Nueva York, todo se nos hace más complicado de entender.



Pero la realidad, simplemente, necesita un pequeño análisis para que todo no sé nos complique tanto y entendamos qué pasa.



En su novela Los Hermanos Karamazov, Dostoievski se pregunta: «¿Qué será del hombre entonces?, ¿sin un Dios y una vida inmortal? Si todas las cosas están permitidas, ¿los hombres pueden hacer lo que quieran?».



Pero habría que darle la vuelta. Porque parece que el hombre tiene la imperiosa necesidad de obedecer y dar así sentido a su realidad.



Sin Dios no todas las cosas estarán permitidas, sino que las leyes de los Estados serán las que regulen los actos. El derecho positivo.



Y ante esta disyuntiva, el hombre postmoderno se autorregulará. Interiorizará las leyes del Estado como suyas.



Los famosos policías de balcón de estos tiempos, aunque va mucho más allá.



Sin Dios, todos somos pequeños diositos que se autorregulan. Y lo hacemos de manera extrema. Como podemos ver y vivir en la censura actual, donde nada se puede decir sin ofender a un grupo, gremio o lobby.



Buscamos el placer, pero no queremos violar el espacio del otro. Y nos regulamos, los limitamos y caemos en lo políticamente correcto.



Dice Zizek que lo más opresivo y regulado que existe es un hedonista. Porque todo sale de él y para él.



La tiranía de lo que se debe pensar. No salir de la caja.



La autorrepresión postmoderna.



La infelicidad del hombre actual.



Pastillas para dormir y para vivir.



Todos es mucho más severo que en la moralidad tradicional.



Si Dios-Estado existe, entonces todo está permitido.



Y en esas estamos, convirtiendo los museos en un baile de corruptores de menores y comidas del mundo.



Como vemos, el dogmatismo religioso de confundir trono y altar o la sustitución ilustrada de uno por otro nos lleva a lo mismo.



¿Cómo salir de ello?



Siendo conscientes de nuestras limitaciones, de que no somos Dios ni nunca lo seremos y de que siempre que tratemos de conocerlo será de manera limitada. De que el Estado no es más que una agrupación administrativa conformada por hombres que siempre buscarán su provecho propio y el de su organización.



Nada más.



A partir de ahí, la obediencia ya se difumina. Porque no tenemos razón real para obedecer a otros hombres que hacen leyes injustas y que no son mejores que nadie más allá de la propia coacción física o material que nos impongan. Un Estado que ya no nos quiere libres sino autorregulados.



Y si de ahí, de la conciencia de lo limitado de cada uno, crees en unos valores, en una tradición y en una moral que está por encima de lo que se publica en el BOE, quizás no serás libre del todo, pero sí que vivirás como tal.



Y cómo no; escribe, estudia, aprende, lee, conversa, disfruta, goza, y, sobre todo, si haces algo, hazlo bien y no de cualquier otra manera.



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