Para los sinmiedo

Los antiguos griegos visitaban el oráculo. Allí, preguntaban por su Moira, querían saber su destino.


La sibila, hija de Zeus narraba en perfectos hexámetros griegos, su sino.


Una antigua fábula oriental narra el destino de un viajero que viéndose sorprendido por una voraz bestia que le perseguía pretendió lanzarse a un pozo para guarecerse.


En el fondo del pozo moraba un dragón ansioso de su caída. Casi sin mediar pensamiento alguno saltó y pudo agarrarse a unas ramas evitando ambas fieras.


Dos ratones, uno blanco y uno negro, comenzaron a roer las ramas haciéndole sabedor de su inevitable destino.


Mientras está suspendido aferrándose como puede para evitar la muerte que le acecha a ambos lados, logra lamer unas gotas de miel que resbalan por una de las ramas.


Descubre entonces que la miel ya no le parece dulce. Tiene, ahora, otro sabor.


La vida no es más que ese intervalo que sucede entre ese arrojo al mundo que inicia nuestra inevitable carrera y ese final seguro, negro y oscuro que le pone fin.


Pavese, en su obra El oficio de vivir, narra en monólogo ese intervalo. Entiende que su vida comprende solo quince años en los que trata de adivinar cuál es su oráculo.


En 1935 está confinado por Mussolini y escribe su diario. Una mujer le abandona para casarse con otro.


En 1950 logra consagrarse como escritor con su novela La luna y las fogatas.


En 1945, inserto en la vida intelectual italiana, afiliado al PC, traductor, ensayista y crítico, otra mujer le abandona. A ella dedica sus últimos versos diciéndole: «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos».


Ese intervalo de quince años guarda una simetría perfecta. En el inicio y en el final está la soledad, el abandono, el confinamiento y la escritura como su tabla de salvación.


«Lo que tememos más secretamente siempre nos ocurre». Esta frase aparece dos veces en su diario, al principio y al final.


El 27 de agosto de 1950 se suicida tomando diez dosis de somníferos en un hotel de Turín.


El 16 escribió: «Un clavo saca a otro clavo, pero cuatro clavos hacen una cruz» y «mi obra pública está acabada en lo que me es posible. He trabajado, he dado poesía a los hombres, he compartido la pena de muchos».


El 17 escribió: «No deseo nada más en esta tierra. Este es el balance del año no acabado, que no acabaré». El 18 acaba: «No escribiré más». Y en el cajón de esa habitación encontraron un poema: «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos». Los de ella.


Los antiguos griegos entendían el tiempo de un modo circular. Todo se repite y cada primavera no es sino la misma del año anterior, aunque distinta.


Nada se puede hacer para escapar de las garras del dragón. No se puede huir del oráculo. Edipo lo sabe bien.


Yo grito: «¡Hybris!».


Algunos griegos que eran osados cuestionaban el sino que los dioses les habían escrito.


Su arrogancia los convertía en seres peligrosos que cuestionaban el orden establecido.


Solo aquellos que se atreven a salir del rebaño son capaces de mirar atrás y ver cómo las ovejas siguen pastando.


Pavese creyó que su suicidio no era sino el desenlace de un libro escrito para él. En él, se había grabado su destino.


Edipo nos enseña que no se puede huir de él, aunque se le plante cara.


Nada mejor que creer que uno no es libre para convertirse en esclavo.


Si te has opuesto a tu destino eligiendo la escritura, eres un arrogante que cuestiona el funcionamiento del mundo y que no sabe que ese camino es inútil.


Que ignora, que solo le espera, desde el principio, la soledad, el vacío, el fracaso, la oscuridad, un páramo yermo que, sin embargo, se torna en laberinto cerrando cada posible salida con un dragón.


Sabes de qué hablo. Y sabes que ese páramo es tu espacio. Tu hoja en blanco sobre la que, al escribir tus líneas, haces que emerjan los árboles al tiempo que tejes los hilos de tu propio sino.


Si crees que tienes uno de esos textos en los que cuando uno pasea sobre ellos ve crecer un bosque, envíamelo.


Si estás en ello, procura que tu páramo sea tuyo logrando que cada palabra se constituya cimiento de aquello que solo tú has proyectado.


Oponte a la resistencia y haz del desierto, tu bosque.


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