Mi madre

Hablar de una madre siempre es complicado.


La literatura, la música, el arte en general, están plagados de obras dedicadas a la madre del propio artista.


Y, en general, es muy difícil no caer en una cursilería vergonzante y/o en los tópicos más manidos.


Llevo tiempo pensando en dedicar un mail a mi madre. Como pequeño homenaje. Pero no quiero caer en lo de siempre.


He hecho varios guiños a lo largo de los casi trescientos mails que llevo ya, pero nada concreto.


A veces me remueve la conciencia no hacer lo suficiente —o hacer lo contrario a lo que debería— para que ella sepa lo mucho que supone para mí.


No solo por su infinita generosidad y bondad, sino también como ejemplo de lo que el mundo debería ser.


Un arquetipo moral del deber ser que sirve como idea abstracta con el que comparar el resto de las cosas.


El mundo está plagado de hijos de puta. Y esos hijos de puta confunden bondad con debilidad, y tienden a hundir, en su miseria infinita, a la persona buena, tachándola de tonta o de no tener personalidad.


Tener personalidad no es imponer tu santa voluntad a voces. Tener cojones no es ser un agresivo voceras y un descreído.


Tener personalidad y tener cojones es tener bondad y un imperativo moral por encima de todo. Por mucho que los malos ladren.


Yo, que no soy ningún ser puro, a veces, quizás demasiadas, me regodeo en ese nihilismo existencial imperante donde la gente buena es tachada de estúpida o recibida con una sonrisilla de superioridad moral.


Lo que me salva es saber que por mucho que caiga en eso, sé que no está bien. Y que la bondad y la generosidad siempre están por encima de todo eso.


Por eso creo que mi madre vale más que la vida de quinientos millones de relativistas a los que la Idea de Bien les produce risa y sarcasmo.


¿Cómo se puede ser tan generoso de ese modo en el que simplemente serlo es tu forma de vivir, sin plantearte nada más?


Simplemente siendo bueno. Sin aspavientos, sin buscar el beneficio personal. Sintiéndote satisfecho de darte.


Me cuesta creer en santos, pero sí que creo en el Bien. De hecho, me he criado con él. En su casa. De vez en cuando hace paella los domingos.


Muchas veces me arrepiento de no tener paciencia, de no estar ahí cuando debo estar y de no mostrar el cariño que alguien así se merece.


Forma parte de mí, de lo que me brota, y cuando la razón razona, se arrepiente.


Espero que cuando lea esto sepa que todo lo que hago, digo o pido, no es más que el intento de ese sujeto atado a la caverna que solo ve sombras creyendo que es lo real, pero que más allá de eso, sí que ve —a lo largo de su existencia— que la luz del Sol ilumina de otra manera. Simplemente, a veces, se deja engañar. Porque no todos podemos tener la valentía de la gente verdaderamente buena.


Simplemente.


Además de las confesiones, también hago cursos que se venden como rosquillas en Semana Santa.


Está aquí: https://adriannaranjo.com/curso-escribir-un-libro