La Verdad que encierra el violín de mi hija

Este año mi hija empieza con el violín.


Conservatorio, instrumento, orquesta, solfeo…


En fin, todo eso.


Su profesora es rusa y habla como una rusa.


A mí, en general, los rusos me caen bien, y no sé por qué.


Se llama Elena y como buena rusa cuando habla parece que te está amenazando con inocularte plutonio. Pero es simpática.


Me gustó comprarle el violín, la resina para el arco, la esponja para la barbilla, el atril regulable.


A sus ochos años está muy ilusionada y mientras escribo esto me pide que le ponga conciertos de violín.


Un poco de Mendessohn me parece bien. Tchaikovsky después.


Suena y ella da vueltas con los brazos abiertos, me sonríe y todo tiene un poco de sentido.


La oportunidad de tocar bien un instrumento es algo único en la vida. No hablo de un curso CCC de guitarra española y tocar el Yesterday. En fin, ya sabes.


La música encierra Verdad porque tiene Belleza.


La Mentira es la otra cara de lo Feo.


Schopenhauer dice:


«La música no habla de las cosas, sino del bienestar y de la aflicción en estado puro (únicas realidades para la voluntad), y por eso se dirige al corazón, pues no tiene mucho que decirle directamente a la cabeza».


La música transciende la razón, la realidad. Simplemente conmueve.


Es belleza pura. Es lo más cercano al Bien al que un hombre puede acceder.


¿Cómo no iba a querer que mi hija accediese a ese pedazo minúsculo de Verdad al que accedemos de forma pura escuchando un violín desnudo?


Sería vulgar no querer hacerlo.


Sería de editor de los que hacen libros como salchichas.


Sería, en fin, de gente que cerveza sin alcohol sin necesidad.


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