La tumba de Tolstói

Shakespeare no quiso ser enterrado en la Abadía de Westminster, en famoso lugar conocido como La esquina de los poetas, donde estaría cerca de Charles Dickens o Rudyard Kipling. Él está enterrado también en Londres, pero en la Iglesia de la Santa Trinidad donde fue bautizado.


Desde allí, su epitafio reza maldiciendo a aquel que ose remover sus huesos.


Los restos de Quevedo vagaron de acá para allá durante mucho tiempo.



Curiosa la historia de Lope de Vega, quien dejando deuda de su propio funeral y no siendo saldada esta sus restos fueron arrojados en una fosa común junto con los de Juan Ruiz de Alarcón, entre otros.



En el cementerio de Montparnasse descansan muchos de los grandes escritores e intelectuales a nivel universal. Boudelaire, Julio Cortazar, Samuel Beckett, Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir, estos últimos compartiendo tumba.



Apasionante la historia del cadáver de Descartes y el periplo de su cráneo que hoy descansa en el Museo del Hombre de París.



Sin embargo, el descanso de León Tolstói es otro.



Stephan Zweig narra que la nieta de León Tolstói le contó sobre la tumba de este.



Tolstói yace en un bosque, entre claros y maleza, fuera de cementerio alguno. Nadie vigila ese túmulo que no es más que un montón de tierra sombreado por unos árboles que él mismo plantó.



Su hermano y él escucharon de pequeños que allí donde se plantan árboles se crea un lugar de felicidad. Y así lo hizo.



Su tumba no tiene lápida, ni inscripción, ni siquiera su nombre. Permanece así, para la eternidad, en el anonimato. Mecido por el suave viento que sigiloso ondea las ramas de sus árboles. Cubierto por las casuales flores que nacen en la tierra que soporta.



Cualquiera puede visitarle allí.



Dice Zweig que la austeridad y la ausencia de identidad conmueven más que todos los mármoles y pompas posibles. Nada impresiona más.



¿Y?



El hombre anhela perpetuarse. Sabiéndose mortal busca el modo de lograr la inmortalidad, aunque sea a medias. Este deseo puede ser o no consciente.



¿Qué es, si no, el deseo de tener hijos?



Algunos autores por propio deseo o por la fama lograda descansan en tumbas monumentales, se diría que a su altura.



Otros, como Tolstói parecen huir de esa inmortalidad. Solo quieren descansar. Quizás era su forma de religiosidad. Espiritualista, agustiniana.



Nadie puede olvidar a Shakespeare pero tampoco a Tolstói. Ni debe.



Si logras raspar el alma de quien te lee serás inmortal.



Este debe ser tu plan. Ambicioso sí, pero no cabe otro.



Si eres de los que se pone el listón cada vez más bajo, serás olvidado.



Si tienes ambición, yo también. Tu escribes, yo aconsejo, asesoro, edito. Te leo. Te leo de verdad. No quiero olvidarte.


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