Escribe como un mono evolucionado, no como un vestigio

Hay gente, entre ellos los positivistas lógicos o neopositivistas, que rechazan que la teoría de la evolución sea realmente una teoría. Hablan de ella como una hipótesis inverificable, esto es, que no se puede comprobar.


No es algo científico ni real. Casi como un cuento. Ni es comprobable —no puedes irte a vivir a siete millones de años de distancia de tu exmujer, lo siento— ni, por tanto, experimentable, ergo, acientífica.


Esto no lo digo yo, ni los creacionistas de corte luterano-religiosos —ojo que el creacionismo y la evolución son perfectamente compatibles y no necesariamente contradictorios—, lo dicen los filósofos de la ciencia que son los que más han teorizado sobre el método científico y cómo debe ser: los neopositivistas.


Dicen que se trata de una reconstrucción del pasado en base a vestigios sin continuidad temporal. No verificable y con cientos de especulaciones que atraviesan dicha teoría.


Eso dicen.


Y objetivamente en esto radica la singularidad de la evolución.


Es una teoría que mira para atrás, al contrario que una teoría científica verificable, que estudia los fenómenos y se adelanta al futuro, lo predice.


Por ejemplo, sabemos cuándo habrá un eclipse de sol con años de adelanto. Sin embargo, no sabemos si en el futuro los humanos tendremos los brazos cortos como los de un dinosaurio Tyrannosaurus rex o una cabeza gorda como la de Almodóvar.


A veces nuestra evolución está tan cargada de «verdades», de clichés de sistema educativo, que no somos capaces ni siquiera de concebir que exista gente que, sin ser de ninguna secta religiosa evangélica —que tampoco es necesariamente malo— sino, al contrario, con una minuciosidad científica a prueba de especulaciones, que no crean en todo ese aparato ideológico que el hombre postmoderno engulle como si fuera la más sabrosa de las papillas.


Por ejemplo en el neodarwinismo. ¡Blasfemia! ¡Negacionista!


Es muy sano ser Descartes por un día y poner todas las verdades verdaderas en un espejo, ver de dónde salen, qué tienen de verdad y qué de ideología.


Desde luego, así seríamos gente mucho más madura, más crítica y la fiesta de la democracia no sería lo que es hoy. A saber, la legitimación de gente mala e innecesaria, nuestros queridos políticos.


Como editor, me gusta la gente libre, la gente que se plantea todo, incluso cosas que duele plantearse.


No me refiero a que te preguntes si tu pareja te engaña, que tampoco te vendrá mal, sino a ver si va a resultar que todo eso que nos creíamos absoluto no es más que un invento de gente que quería legitimarse de algún modo.


Yo en principio puedo creerme que vengo del mono —me parece la teoría más plausible, más creíble—, pero también sé que esos esqueletos de dinosaurios y antepasados que inundan nuestros sus museos son reproducciones de cartón y vete a saber qué, sobre vestigios reales minúsculos que no muestran nada por sí mismos sin la re-construcción —¿ideológica quizás?— posterior del científico de turno.


Eso es así, se dice y no pasa nada. No es relativismo, es una cura de humildad. Nadie es infalible y menos un científico, porque cuantas más preguntas, más dudas y menos verdades existen.


Lucha, piensa, reflexiona. El mundo no es un lugar de verdades ya comprobadas. Eso es porque te quieren dócil.


Nada más.


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