El sonido orgulloso del silencio

Emil Ciorán dice: «Podemos estar orgullosos de lo que hemos hecho, pero deberíamos estarlo mucho más de lo que no hemos hecho. Ese orgullo está por inventar».



En sueños sin descanso caminé solo
Por estrechas calles de empedrado,
Debajo del halo de una luminaria
Me levanté la solapa al frío y la humedad
Cuando mis ojos fueron apuñalados
Por el flash de la luz de neón, que resquebraja la noche
Y acaricia los sonidos del silencio.

Simon & Garfunkel, Sounds of Silence.


En un mundo impulsivo donde todo se quiere para ya y donde lo único que existe es un presentismo enemigo de toda la reflexión y de cualquier análisis serio, quedarse inactivo, disfrutar del silencio, es algo de lo que todos deberíamos sentirnos orgullosos.


Ser improductivo es una blasfemia hoy día, pero quizás, precisamente por ello, deberíamos planteárnoslo alguna vez.


En la vida real una persona puede decir mucho más por sus silencios que por sus palabras.


Es casi una ley geométrica que cuanto más habla una persona menos dice. Al menos de lo que realmente merece la pena.


Y, además, muchas palabras siempre son una indiscreción.


Un personaje bien construido de una novela debe estar callado la mayor parte del tiempo si quieres transmitir todo lo que quieres transmitir.


Porque para que un personaje como lector te llegue, o para que una película te toque, el protagonista de esta debe decir lo justo y el resto construirlo tú como lector/espectador.


Esos silencios no serán incómodos, porque los rellenarás tú con tu subjetividad, con tus sentimientos, con tus experiencias.


Si narras con miedo al horror vacui, al vacío, lo que harás será construir un emplasto de fácil digestión. Una papilla.


Pero una papilla no es alta cocina, y como en música los silencios son más importantes que las propias notas, en la literatura y en la vida pasa lo mismo.


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