El otoño ha llegado para quedarse

Llueve. Es definitivo. El otoño ha llegado para quedarse.


Leo. Pasan las horas. No habito aquí. La dualidad elástica entre la realidad y el universo de la novela que tengo entre manos se comunican por una puerta invisible.


Entro y salgo de la realidad sin darme cuenta. Miro el reloj. No puedo detener el tiempo. Sí puedo relativizarlo, aunque no puedo hacerlo solo. Únicamente sucede cuando leo. Cuando leo algo bueno. Es entonces cuando esa puerta invisible se cierra y desaparece durante horas. Y es también cuando esas horas cunden más y son más largas que las de la realidad real.


Cuando Siracusa fue conquistada, los soldados comenzaron a saquearla. Entonces Arquímedes estaba inmerso en sus problemas de círculos. En el jardín de su casa, con un bastón los dibujaba en el suelo, pero él no estaba allí. Había cruzado esa puerta que le conducía a su propio universo matemático.


Un soldado entró en su casa. Desconectado de esta realidad —la otra no lo es menos— murmuró: «No alteres mis círculos». Alguien osaba entrar en su mundo para trastocarlo.


Cuando leo, al igual que cuando tú escribes, alguien o algo más potente que nosotros nos secuestra. Nos conduce a otra dimensión en la que el transcurrir sucede de un modo diferente.


La dualidad entre la realidad y tu universo es paralela a la que se da entre el lector y el escritor.


Como escritor has construido y visitado tus propios universos.


Si y solo si esto te ha sucedido tendrás algo bueno entre manos.


Si y solo si el proceso creativo te ha elevado fuera de ti habrás creado un mundo digno de ser visitado.


Si y solo si quieres robar lectores, que tu mundo cada vez sea habitado por más gente y que no quieran marcharse de allí, debes ser preso de tu lápiz e irte con él donde sea que te lleve.


Piénsalo. Es tal vez el mejor consejo que nadie te ha dado si quieres escribir algo bueno y lograr cada vez más lectores.


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