Del pangolín al Tesla solo hay un camino de redención

Pedir comida china siempre es una aventura.


Y más si tienes presente al célebre pangolín o al célebre murciélago que cambió el mundo.


Recuerdo a Frank de la jungla en un programa persiguiendo pangolines y explicándonos que los chinos se los comían por el rollo afrodisíaco. Siempre he pensado que hay mejores opciones para lograr dicho efecto. Pero allá cada uno.


La cosa es que Frank dijo algo así como que la naturaleza a modo de venganza ha hecho que comerse un pangolín sea la razón de una pandemia mundial que nos destruiría como raza humana.


Eran tiempos un tanto histéricos a principios del 2020 y con el tiempo la destrucción del mundo nos preocupa ya menos y nos hemos centrado en que Djokovic no juegue al tenis y en que la suegra no entre en casa en Navidad. Todo en orden.


Pero la explicación mesiánica de Frank me impactó, lo reconozco.


La atribución de un poder mágico a ese ente abstracto que llamamos «Naturaleza», y que es capaz de modificar sus propias reglas —que esta tenga reglas es de cierta manera un salto metafísico un tanto complicado de explicar—, para vengarse de nosotros, tristes humanos pecadores que nos ponemos cachondos comiendo bichos feos.


También supone, además de su capacidad de autoconciencia y modificación de reglas, que la Naturaleza es capaz de tener un discurrir moral. Sabe lo que es bueno o malo. Una ética materialista en este caso. La Naturaleza juzga como malo aquello que la daña. Y no solo eso, sino que tiene capacidad de venganza. Eso implica saber lo que es justo y lo que no.


El prestidigitador Frank es capaz de culparnos por algo que nos está dañando. El pangolín convertido en el Dios del Antiguo Testamento. Yahvé hecho pangolín mandándonos plagas. Y Frank es su profeta.


Además, me parece una idea genial la de unir pandemia y cambio climático. Y de retomar la idea de pecado. Pero no de pecado original, que eso implica cierta libertad de elección, sino de pecado rousseauniano, nuestro avance tecnológico es moralmente reprobable porque vamos contra el buen salvaje.


Aquí cabría preguntarse si el que come pangolín es o no salvaje, pero eso es otro tema.


El hombre es una plaga y la Naturaleza tiene capacidad de sobreponerse. Además, ha llegado a un acuerdo con los plutócratas del mundo para acabar con urgencia con el coche diésel. La Naturaleza y Elon Musk quieren que te compres un Tesla.


A mí me parece razonable. Del pangolín al Tesla solo hay un camino de redención de nuestros pecados.


A veces pienso que la tele nos engaña. Solo a veces. Otras pienso que dice la verdad pero que la oculta. Y que hay que saber interpretarla.



La cosa es que hoy he comido chino. Mi pronunciación de «guo-tie» cada día es más avanzada y si no fuera porque no soy chino podría ser chino. Y si los de Bilbao nacen donde quieren. ¿Por qué no yo?



Mientras debato si la Naturaleza tiene un plan para castigarme por ser tan malnacido y por eso no me deja comprar palas en Amazon y me manda Filomenas, virus que mutan y volcanes en erupción, también pienso que, ya que es tan lista, podría escribir un libro.



Un libro asequible para que los humanos pudiéramos interpretarla y convivir en armonía con ella, abrazar árboles, comer grillos —a la Naturaleza no le gusta que comas pangolines, pero grillos y saltamontes sí, que yo he visto a Frank dándose auténticos festines con la cosa—, y nadar en charcas libres de macrogranjas.



Ella, a cambio, nos dejaría días soleados, primaverales, para que con las hormonas revolucionadas no necesitáramos afrodisíacos. Todos ganaríamos.



Además, la Naturaleza se puede ir adaptando al nuevo mundo y escribir en chino, que a mí con el guo-tie me vale.



Seas natural o artificial, de laboratorio o de cueva, pidas ternera con verduras o pollo con bambú y setas, escríbeme si quieres que trabaje tu libro.



Aquí, pulsando aquí y solo aquí, tienes mi servicio de edición.