De comer pangolín o bienaventurados sean los pajilleros

En mi ilustre y vasta ignorancia no sabía qué era un pangolín hasta que el coronavirus apareció en mi vida.


¿Y?


Frank de la Jungla y Matías Prats me han enseñado que los chinos comen pangolín semicrudo o crudo del todo como afrodisíaco.


Y que eso no puede ser bueno.


La naturaleza ha respondido a tal manjar devolviéndonos un virus que está poniendo en jaque mate a todo un sistema económico y social que hacía aguas y en realidad no tenía ni pies ni cabeza, pero ahí estaba.


Íbamos al cine a ver superhéroes para no superar jamás nuestra jodida infancia, ligábamos con casadas en el Tinder, conseguían que el último hito tecnológico fuera esencial para algo tan abstracto como liberar a todo un colectivo a base de succionar en distintas velocidades, los maridos aprovechaban y tonteaban online con la del herbolario, mientras que la esposa hacía lo propio con el joven reponedor, que, al mismo tiempo, buscaba precios para perfilarse las cejas por láser. Y así.


Vamos que vivíamos en una sociedad de mierda, pero era nuestra.


Vinieron los chinos y su pangolín crudo para ponerse cachondos y poder seguir con sus cinco minutos de mal sexo con su esposa y nos jodieron el chiringuito.


¿Entonces?


En Occidente que está todo pensado gracias a la Revolución Industrial, Tecnológica e Informática a pleno pulmón, decidimos que, antes de que la sociedad pudiera verse afectada por los deseos concupiscentes primitivos del pajero de turno y su falta de libido, necesitábamos inventar algo. Y vaya si lo hicimos. Viagra y el Porno.


Dos bastiones civilizatorios de la postmodernidad.


Con ellos y con nuestro común rigor ecológico de no matar pangolines porque no sabemos lo que son, ideamos que mejor que comer cosas de chinos, era mejor mejorar nuestra libido a base de porno a la carta y vasodilatadores.


Si Houellebecq decía que el mundo lo mueve el sexo y el dinero, esto es el mejor ejemplo.


Habíamos alcanzado la perfección. El pajero ya no saldría al monte a por bichos. No necesitábamos pangolines. Frank estaba a gusto en su jungla.


Aristóteles habría soñado que su Metafísica pudiera estar a golpe de clic entre la categoría “Destrucción Anal” y “Gang Bang”.


Estábamos siempre cachondos y si la fisiología no funcionaba a tiempo pues una buena pastilla. Así de simple.


Medicina y erotización.


Los virus tenían forma de verrugas genitales y éramos felices.


El pajero occidental había triunfado sobre la barbarie y el pangolín era feliz en su mundo de pangolines.


Pero gente sin civilizar y sin fibra óptica decidió erotizarse con cualquier cosa.


En vez de pangolines, clic en “shemales”. Eso es todo lo que la informática nos decía del mundo. Y era mucho.


En fin.


¿Qué tiene que ver todo este delirio con los libros y con mi trabajo?


Pues en realidad todo y nada.


Llegué a todo esto cuando pensé que esta pandemia mundial del coronavirus era, en realidad, el resultado de gente buscando una erección. Y en China en lugar de untarse los pies con miel como hacían en mi pueblo hace cincuenta años, comen cosas extrañas.


Supongo que existe aquel que publica con editoriales de las que se dicen prestigiosas pagando su prestigio a precio de oro, porque en realidad no les importa lo que consumen si no las consecuencias del consumo.


Pagan por su erección de ego.


Yo que no tengo pinta de pangolín ni de darle la razón al bienaventurado pajillero occidental.


Solo cumplo con mi trabajo. Lo hago lo mejor que puedo. Y creo que ese poder ya es bastante.


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