De cómo Humpty Dumpty da una lección a todos los escritores

Nombrar una cosa es en realidad un salto mágico, un salto que nos lleva a la unión certera entre un objeto y su nombre, entre la referencia y el referente, entre las palabras que salen de tu boca y la realidad a la que se refieren.

La Alicia de Lewis Carroll dialoga con Humpty Dumpty. El filósofo y matemático Carroll pone sobre el tapete el problema del lenguaje, de ese, en realidad, confuso salto mágico que une dos cosas tan dispares como palabra y realidad.

Humpty Dumpty es un huevo —solo tiene una cara— que presume de mandar sobre el lenguaje y que por eso puede usarlo como le da la gana, unir los objetos y las palabras como él desea. Vive en un muro que separa ambas realidades, evitando así tener que saltar de un sitio a otro cada vez que habla. Está encima de ambas, sobre ellas.

Esto le permite «hacer trampas» y evitar ese «salto mágico» entre realidad y lenguaje. Lo manipula, «saltándose el salto». Si mandas sobre el lenguaje pones la norma (la creas). Estás por encima de la propia realidad. Por eso se jacta así: «cuando yo uso una palabra, quiere decir lo que yo quiero que diga… ni más ni menos. (…) La cuestión es saber quién es el que manda… eso es todo».

Tanto Alicia en el país de las maravillas como Alicia a través del espejo, son libros como muchas lecturas, algunas de ellas con una carga de profundidad filosófica brutal.

Humpty Dumpty nos dice mucho acerca del poder, de la propaganda, de qué valores en realidad son los que defendemos y de dónde vienen.

Lo maravilloso de escribir y de hacerlo bien, es que un escritor puede subirse a un muro y hacer que la realidad y las palabras signifiquen lo que quieran.

Inventarse un mundo, como hace el huevo de Carroll con el que discute Alicia.

Como hace el que gobierna y manipula el lenguaje para no llamar «muertos» a los muertos y no llamar a las cosas por el objeto al que, supuestamente, le corresponde.

El narrador de una novela puede crear un mundo sin valores y sin sustento objetivo, y hacer que esa realidad del lenguaje cite una cosa y su contraria al mismo tiempo y del mismo modo. Ser un huevo sobre un muro.

Para hacer eso se requiere magisterio.

También puede ser un narrador que crea en cierta objetividad real y señale que el lenguaje debe decir esto y no lo otro. Acertar de lleno con las palabras.

Convertirse en un proselitista del poder o en alguien corrosivo.

Todo depende de hasta dónde quieres llevar tu lenguaje.

¿Y?

Si tu objetivo ambicioso es ser un huevo sobre un muro, es seguro que necesitas un editor que te sitúe en él.

Si prefieres ser una inocente Alicia que no se cree lo que el huevo le está diciendo o que no quiere ni discutírselo, puedes escribir sin editor.

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