Come back de Pearl Jam o de cómo un hijo no es tuyo ni del gobierno

Los que tenemos niños pequeños sabemos de un fenómeno un tanto inexplicable, otro tanto explicable, que dice mucho de cómo funciona el mundo y que además nos suele cabrear muchas veces.

¿Y?

A mí hija siempre trato de inculcarle cosas que objetivamente son buenas, otras que creo buenas y posiblemente no lo sean.

Una de las cosas de las que me preocupo es que sea una persona con conocimientos.

Es pequeña, pero eso no hace que deba criarla como el que cría a un gato. Echada al mundo.

Una de las cosas que le pongo es rock, buen rock.

A veces con éxito, otras sin él.

Pearl Jam, y en concreto Eddie Vedder, suele ser uno de esos cantantes con los que se sienta, escucha y acaba tatareando.

Sea con la banda sea en solitario con su acústica y su ukelele.

Le puse Come Back, la balada dedicada a su padre, compuesta pocas noches después del entierro aunque podría ser dedicada a un gran amor porque su letra es bella y no da detalles concretos.


He estado preparando
todo lo que te diría
desde que te marchaste
Entérate de que continúo auténtico
He estado despidiendo los días
Por favor, di
que de no haberte ido ahora
no te habría perdido de otro modo
De donde quiera que estés
Oh, oh, oh, oh
Regresa




La primera vez que se la puse la escuchó varias veces seguidas. A veces mi hija me pide canciones como esta. Y otras me pide rejetón.

Este es el momento, bello de alguna manera, doloroso de otra, que sabes que tu hijo, por pequeño que sea, tiene su propio universo, sus propias influencias y sus propias circunstancias.

Le puede gustar Pearl Jam, pero se sabe el Despacito cuando tú nunca lo has escuchado.

Ese extraño y maldito fenómeno. No todo está en nuestras manos.

Escribir un libro es así.

Le das un universo, unos gustos más o menos refinados, unos personajes, lo moldeas para que sea lo mejor posible y va y ¡zas!

Descubres, que como tu hijo, tu libro tiene vida propia.

Y los lectores le dan un universo que tu ignorabas que podría darse, como cuando tu hija escucha rejetón con siete años sin saber por qué.

Un editor debe valorar todos los mundos posibles y explicarle al autor qué puede pasar con cada palabra que ponga o no ponga. Moldearlo todo, para que el resultado sea, aunque siempre lejos de los planteamientos mentales que tiene cuando lo escribe, sí lo más cercano a ellos.

Es decir, que el hijo no se te descarríe y que cuando sea mayor prefiera a Eddie Vedder a pasarse la noche entera en una nave industrial de polígono pirriendo con cualquier idiota.

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