Cigarrillos mentolados, The Strokes y un relato inconcluso

En ese momento encendió un cigarrillo y puso un disco de The Strokes.


Cogí uno. Me apetecía fumar. Era una mierda de esas mentoladas. Siempre me dijeron que esos cigarrillos Lucky eran los típicos que fumaban las putas.


Yo no sé si aventurarme a tanto. Mi amigo Daniel los fumaba. No sé qué decir.


Nunca fui muy de The Strokes. Siempre me parecieron un poco hípster. Yo y mis prejuicios, mis prejuicios y yo.


Tampoco me va tan mal con ellos. Me ayudan a no caer en tentaciones vergonzantes, más allá de algún directo de Hombres G.


No sonaban mal. Tenían su energía. El tipo tiene una voz pasable, pero había algo en ellos que me producía rechazo, como unos dientes verdosos, o una mujer gorda.


—Me tengo que ir. Cuando se acabe el vino me tengo que ir.


—Vale. Aunque me gustaría que te quedaras.


—Sabes que no puedo. Pero escucha esta canción que te he puesto. Hay canciones que te tocan el alma y dicen mucho de uno.


—A mí me pasa también.


—¿Sí?


—¿Por qué fumas esto?


—Me gusta, es suave.


En ese momento me acarició la polla.


—Aunque más me gusta esto.


—Tienes que irte. Tu marido te espera.


—Lo dices con sorna. No me gusta eso.


—Cuando escucho a The Strokes me hace pensar en todo lo que tuve que sufrir para que me aceptaran en el equipo de animadoras.


—Qué gilipollas eres. No sé cómo te aguanto.


—En realidad no lo haces.


—Tengo que irme. Luis reservó en un restaurante con lista de espera y no quiero llegar tarde. Por lo visto es muy bueno.



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Mirando un viejo disco duro virtual —todo lo viejo que puede ser algo así— me encontré algunas cosas que escribí años ha.


Abrí esta historia inconclusa y pensé que este podría valerme para ejemplificar una cosa muy obvia, no por ello menos interesante.


Cualquier hecho cotidiano, sea real o ficticio te puede valer para empezar a contar tu historia.


No necesitas haber pisado y tenido hijos en todos los continentes, haberte perdido en la selva del Vietnam, haber ganado un Oscar o haber sobrevivido al atentado del 11-S.


No.


Necesitas encontrar tu lenguaje, tu mundo propio y contarlo con valentía y arte.


Además, necesitas alguien que te guíe, como el boxeador necesita a su viejo entrenador por muy bien que golpee, o el virtuoso violinista necesita a su profesor.


La labor del editor es, entre otras muchas, llevar a los libros por el buen camino.


Así de simple. Eso es todo.


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