Ayer aprendí a atarme los cordones

Aprender a hacer cualquier cosa requiere esfuerzo.


Aprenderlo bien, quiero decir.


Desde lo más básico, como atarse los zapatos, a lo más complejo, por ejemplo, las matemáticas, requieren de un esfuerzo y mucho tesón para saber hacerlo bien.


Es muy habitual, sobre todo cuando te dejas llevar, decir que has aprendido algo cuando en realidad no lo has hecho.


Y eso no pasaría de ser puramente anecdótico, si no acabáramos por creérnoslo.


Creemos saber de algo porque hicimos un curso CCC y nos regalaron una guitarra.


Creemos que somos buenos amantes porque la más (o el más, ojo) perdida del barrio nos dijo que éramos buenos.


Creemos que sabemos de economía porque una vez invertimos en Acirenox y ganamos cien euros.


Hoy estuve con mi hija en su clase de violín.


Sus inmensos ojos azules se ven arriba de la mascarilla, como dos enormes soles que aún guardan una inocencia que pronto se perderá en el océano de la realidad.


«Coloca bien el pulgar».


«Ponte recta».


«Ajusta la barbilla».


«Concéntrate».


«Toca solo La y no Re».


«Usa las dos partes del arco».


«Mira las cuerdas y al atril».


«Ahora hazlo sin cantar».


Y un sinfín de instrucciones recibía de la profesora rusa, con esa mezcla de cariño y disciplina que tantas veces había visto en las películas, pero nunca en la realidad.


Al menos no de manera tan paradigmática.


La profesora me deja entrar si estoy callado, como un mueble. Yo obedezco porque me maravilla que algo tan complicado como un violín suene bien y que mi hija se entusiasme, a mí me hace feliz.


Mi hija aún no toca bien. Aún no ha aprendido. Pero es lo suficientemente humilde para saber que algún día lo hará pero que para eso tiene que tocar, tocar y tocar todos los días.


Y solo lo que le indica la profesora.


Mientras aprendes no puedes revolucionar nada, y menos un arte. Toca callar y escuchar.


Así de sencillo.


Más allá de comer pan con toda su miga, a mí pocas cosas se me dan bien. En realidad, he aprendido poco.


El día a día es una espiral que te consume por dentro y por fuera.


Aunque una de las cosas que sé es editar libros y mejorarlos.


Para ello necesito la colaboración del escritor. Que mire con la inocencia de un niño y valore lo que se le está trabajando.


Fiarse de alguien al que has contratado para un trabajo lo facilita todo.


Si has nacido sabido, no creo que tu libro llegue a buen puerto. Creerás que eres buen músico porque aprendiste los acordes del Yesterday, o te creerás editor porque en un libro que tienes en casa te resumen en veinte páginas todos los secretos de esta profesión.


Ya te aviso. Mentira y gorda.


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PD: No soy ruso, ni tú un niño. Pero el que quiera entender que entienda.