A propósito de lo feo

La fealdad existe o tal vez solo sea ausencia de ser, la nada, ausencia de belleza.


El otro día hablé de este concepto, el de la «fealdad» que al pasar por la mente, la oscurece, la llena de caos. En ese momento, cuando medito sobre ella, percibo cómo el desierto avanza.


Y no me gusta.


Copérnico supuso un gran giro para la humanidad. Él mostró al ser humano que lo que veía no era real, que había estado engañado durante siglos pensando que el Sol se mueve y la Tierra está quieta.


Aristarco de Samos ya lo dijo, pero no triunfó con su idea, sino que fue desoído. La humanidad no estaba ni dispuesta, ni preparada para abandonar el paradigma geocéntrico.


Hasta la llegada de la Ilustración, ese giro copernicano no sucedió en el arte. Hasta entonces, el ser humano atribuía la belleza al objeto. El que es bello o el que es feo.


La belleza se encontraba en los objetos que eran armoniosos, equilibrados, simétricos, proporcionados, apolíneos… Lo feo, por tanto, era todo lo contrario. En la fealdad reinaba el caos, la oscuridad, el desorden, la nada que da pavor con solo asomarse al pensamiento.


Baumgarten se sube al carro copernicano y en su reflexión sobre la estética gira. Ya no es el objeto el que circunda alrededor del hombre mostrándosele bello o dionisíaco, sino que es el hombre el que en su virar en torno al objeto lo ve como bello o como feo.


«El ojo que tú ves no es ojo porque él te vea, sino porque tú lo ves», decía Machado.


Relativismo estético, cabría afirmar. Sin embargo, ese punto de vista humano que califica a los objetos como obras artísticas bellas o no tanto, no es único, sino que está cargado de cultura, de circunstancia, de época histórica.


¿Es posible tener una mirada pulcra, que cual tabula rasa juzgue a los objetos de bellos o feos?


El debate que se abrió supuso una herida que liberó al arte de un marco que lo definía, que lo constreñía y que lo negaba. Abrió la puerta al caos.


El arte es ese lugar sin límites, sin definición, sin restricción alguna o imposición de otro.


Algunos buscan entender qué es el arte, necesitan una definición porque sin ella, están perdidos, vagan errantes, temerosos de no saber dónde están. Pero es esta sensación la necesaria para que la creación surja.


Por otra parte, mal que le pese a alguno —sobre todo a aquellos que se ofendieron con mi mail sobre la fealdad que desde su ego pensaron que les llamaba «feos»—, la belleza existe.


La Belleza, existe.


Existen estudios, de esos que sí son válidos en nuestro siglo porque son aplicados a distintas culturas, diferentes puntos de vista, que coinciden, sin embargo, en un concepto de belleza.


Personas de culturas distintas son expuestas a imágenes de rostros humanos y todas señalan las mismas caras como bellas.


El patrón que se puede extraer de todos esos rostros anónimos es el canon, la proporción, la simetría, el equilibrio, Apolo.


Solo diré que, aunque vuestra historia sea de ciencia ficción, aunque creéis el universo más fantástico que pueda imaginarse, dentro de él, habrá de reinar el principio de no contradicción. Todos sus ingredientes o elementos habrán de ser coherentes entre sí. Si no es así, el lector, que es quien te mira, huirá despavorido.


Si tu ego te permite dejarme entrar, a veces, cuando te has pedido demasiado en el caos, necesitas luz. Alguien que te lea y te advierta de esos lugares oscuros en tu novela en los que has de encender un candil.


Para todos los que buscan la belleza y saben que habita demasiado poco.


Mi servicio de edición.